Reseña de Roots of Ecology (Frank Egerton)

Egerton, F. N. (2012). Roots of Ecology. Antiquity to Haeckel. Berkeley, Los Angeles & London: University of California Press.

Como cabría imaginarse, se pueden afirmar muchas cosas acerca de esta ambiciosa obra de Frank N. Egerton (en la actualidad, profesor emérito en Historia de la Universidad de Wisconsin-Parkside), pero la lectura sin sobresaltos y pausada de sus contenidos lleva, por eso de las restricciones lógicas de un análisis como el que se presenta aquí, a unas sucintas y someras conclusiones. En primer lugar, a mi entender podríamos destacar sin cortapisas la propia envergadura y el alcance de la misma, tanto en su abarcamiento histórico y como en los propios contenidos, lo que nos habla sin duda de una labor que sólo puede cristalizar con visos de éxito tras una prolongada y dedicada carrera académica de estudios e investigación. Ciertamente, este no es un libro de primerizos, dejémoslo claro, sino de un autor que ha dedicado largo tiempo a sondear en las profundidades de la historia natural (en sus diferentes vertientes) para tratar de convencer al lector, a través de una ingente cantidad de información, sobre lo valioso y oportuno de conocer el caudal conceptual pre-moderno para dimensionar en sus justos términos los debates y controversias dominantes de la ciencia ecológica contemporánea que, de una u otra forma, se hallan presentes en el espacio público cotidiano. De hecho, es preciso señalar que en esta formidable tarea Frank N. Egerton se encuentra enfrascado desde el año 2000, cuando comienza a enviar publicaciones  periódicas sobre estos asuntos al Bulletin of the Ecological Society of America (ESA), prestigiosa publicación que lanza su primer número en marzo de 1917.

En segundo lugar, es conveniente subrayar, de la misma manera, la particularidad o, si se quiere, la singularidad de esta obra, en tanto que pone su entera atención sobre un aspecto, como es el trasfondo histórico del imaginario ecológico actual, que, por lo general, no se tiene en cuenta o se desdeña por constituir una vertiente periférica de lo que realmente posee interés en las ciencias ecológicas o ambientales. Sin embargo, Frank Egerton demuestra con la evidencia lo erróneo de esta postura, al exponer con sólido fundamento que las bases teóricas de nuestro entendimiento de la naturaleza no surgen ex nihilo, sino que es posible encontrar precedentes insospechados y rastros significativos en la filosofía natural de occidente, desde la remota antigüedad (y aquí podríamos mencionar el famoso tratado Historia animalium de Aristóteles o De historia plantarum de Teofrasto)  hasta los inicios como tales de la disciplina ecológica con Ernst Heinrich Philip August Haeckel a la cabeza (Morfología general de los organismos: fundamentos generales de la ciencia de la forma, fundamentados mecánicamente en la Teoría de la Evolución reformada por Charles Darwin). Pero eso no es todo. De forma indirecta y sin detenerse en ello explícitamente (podemos encontrar algunas alusiones en el apartado correspondiente a la introducción y en algunos pasajes dispersos a lo largo del libro), el pormenorizado trabajo de Frank N. Egerton presenta la sobresaliente virtud de situarnos en las alambicadas discusiones filosóficas y epistemológicas en torno a la lógica, la naturaleza y la (auto) organización de la narrativa histórica de la ciencia y, en este caso, de la ecología y de las ciencias ambientales. Sobre este punto concreto resulta necesario detenernos a fin de dirimir, aunque sea brevemente, ciertas cuestiones que subyacen de forma latente en la totalidad de la obra. Por un lado, el conocido problema del “presentismo” (esto es, algo así como la histoire jugée planteada por Gaston Bachelard), que tantos dimes y diretes ha suscitado a la hora de otear el pasado de la ciencia, se encuentra insinuado en estas páginas, dado que se lo que se pone en entredicho es la posibilidad, en este tipo de escritos de revisión histórica, de validar algún tipo de nexo entre las concepciones y marcos de ordenamiento de la realidad que en el pasado, y hablamos incluso de algunos milenios atrás, se mostraban en estado larvario, vinculados a muy diferentes disciplinas o infra-desarrollados y, por otra parte, los conceptos que se encuadran hoy día específicamente en la ecología. Desde ese punto de vista, los singulares vericuetos seguidos por la historia natural se acomodarían a cierta aspiración por el desvelamiento, a través de continuas rectificaciones, que teleológicamente anticipan el pensamiento ecológico moderno. Con todo, la lectura atenta de esta obra deja bien a las claras cuál es la posición de Frank Egerton a este respecto: tambalear la inclinación, por lo demás generalizada, de poner en cuarentena o desestimar el pasado para comprender las lógicas de interacción de los organismos con su entorno biofísico.

Sea como fuere, el autor, si bien defiende el valor intrínseco y la necesidad de rastrear la historia natural occidental para re-pensar y, en cierto modo, desmontar ciertos mitos profundamente arraigados en el imaginario ecológico moderno, no se inclina por hacer seguimiento a las trayectorias históricas y ramificaciones concretas de los contenidos y cualidades epistemológicas (de acuerdo a los términos propuestos por la historiadora de la ciencia Lorrain Daston) que animan los marcos gnoseológicos estructurales, las estructuras teórico-conceptuales y la propia praxis de la ecología contemporánea (a través de ciertas estrategias de asimilación cognitiva como la proyección analógica, la asimilación, recomposición, transformación, sustitución, etc.) y que, como es evidente, se resisten a amoldarse al esquema de organización convencional para la historia que tiende a instaurarse, fundamentalmente, en el siglo XIX (a través de obras tan significativas como las de un Jules Michelet o Jacob Burckhardt). En este libro se presta, por tanto, menor atención al análisis pormenorizado del recorrido y de los particulares avatares experimentados por los conceptos-clave del imaginario “pre-ecológico” en su dinámica histórica, así como de su diferente carga y naturaleza semántica, de conformidad a los contextos socio-culturales en los que se integra en cada periodo. Los ocho capítulos que estructuran el libro se atienen a la compartición conocida del desarrollo histórico occidental (desde la remota antigüedad greco-romana hasta el periodo fundamental de la revolución científica) poniendo especial énfasis, todo hay que decirlo, en los siglos XVIII y XIX, momento en que emergen la historia natural y las ciencias ecológicas.

Estas son cuestiones problemáticas presentes en el libro, aunque sea de manera implícita, y que apuntan a un determinado abordaje de la epistemología histórica pese a que son zanjadas sin tenerlas en mucha consideración por el autor. Tal vez porque el propósito aquí es otro. Frank N. Egerton explora las raíces históricas de la ciencia ecológica porque allí se encuentran precisamente las ideas básicas que van a dar lugar a los hechos, cosas y procesos que se estudian en la actualidad desde una disciplina científica, como la ecología, que no tuvo nombre concreto hasta 1866. “One can argue that Herodotos was writing human history, not natural history, and therefore he should be left out of the history of natural history. Plato was writing philosophy, not natural history, and therefore he should be left out of the history of natural history. The problem, however, is that these two Greeks were the origin of the balance-of-nature concept, and when others dug it out of their works for use in a different context, I merely reported it. Naturalists in later ages were often required to study the writings of Herodotos and Plato in their regular schooling, and they were sensitive to natural history discussions that were embedded in their writings. In an extreme form, anti- Whiggish campaigns can dismiss the ideas of later students who were concerned with a different context than the original authors being studied. With such dismissal, one misses the origin of ideas that were, in fact, important” (Introduction, p. XI).

(Se puede argumentar que Herodoto estaba escribiendo historia humana, no historia natural, y por lo tanto, debería quedar fuera de la historia de la historia natural. Platón estaba escribiendo filosofía, no historia natural, y por lo tanto debería ser excluido de la historia de la historia natural. Sin embargo, el problema es que estos dos griegos fueron el origen del concepto de equilibrio de la naturaleza, y simplemente lo que he hecho es subrayar cuando otros lo sacaron de sus trabajos para usarlo en un contexto diferente. Los naturalistas en periodos posteriores a menudo debían estudiar los textos de Herodoto y Platón en su enseñanza ordinaria, y eran sensibles a las discusiones relativas a la historia natural que estaban incluidas en sus escritos. Desde una perspectiva extrema, las campañas anti-whiggish (facción política que, durante el s. XVIII se posicionó contra el anglicanismo y la monarquía absoluta) pueden descartar las ideas de investigadores posteriores que se preocuparon por contextos diferentes a los de los autores originales que son objeto de estudio. Con tal rechazo, uno pierde el origen de ideas importantes).

No vamos a negar, llegados a este punto, que la perspectiva de Frank Egerton acoge, o eso al menos nos parece, cierta escatología teleológica en el recorrido histórico que proyecta, en la medida en que lo acontecido durante la antigüedad y el periodo pre-moderno acaban constituyendo en el fondo el fértil escenario de gestación de ciertas condiciones previas (en tanto que nos hallaríamos en los antecedentes de una proto-ciencia particular), para llevar adelante el intento moderno de organizar la naturaleza (no hay que olvidar el hecho de que a mediados de 1700, Carl Linnaeus formalmente organiza una ciencia ecológica o “oeconomia naturae”) y conseguir la demarcación definitiva de la ciencia ecológica ya en el XIX.

En tal sentido, Egerton no vacila en acudir a los planteamientos del biólogo Gerald W. Esch -hasta su reciente fallecimiento en diciembre de 2019 profesor emérito de la Wake Forest University- (Esch, G. W. 2004. Parasites, people, and places: Essays on field parasitology. Cambridge: CUP), para reforzar la tesis de una supuesta pre-existencia larvaria de contenidos, diversificados en distintas áreas, que únicamente tras una fase de madurez intelectiva quedan sintetizados con un auto-concepto, como el de “ecología”, que los sistematiza bajo cierta homogeneidad de sentido.

Con independencia de todo lo anterior, consideramos muy importante destacar, sin embargo, que la amplitud y la capacidad de inclusión como principios de actuación o estrategias que guían esta obra le permiten a Frank Egerton sobrevolar por diferentes disciplinas científicas, exploraciones de carácter histórico o controversias filosóficas de cara a establecer nexos de contacto y espacios de intercambio teórico-conceptual, lo que tiene sin duda una repercusión notable en la construcción de una historia no simplificada de la ecología.

Desde el punto de vista de su recorrido histórico, Egerton apunta, con mayor o menor brevedad, a las contribuciones de personalidades destacadas de la historia occidental. No se centra en realizar un análisis epistemológico de dichas contribuciones (ya que tal tarea supondría un esfuerzo enciclopédico) pero da las pautas para posteriores trabajos que redunden en una historia occidental de la ecología de carácter quizá más específico. Además de lo anterior, proporciona una ingente información al investigador interesado (con una profusión de ejemplos, hipótesis y doctrinas), a través de su habilidad  para el bosquejo biográfico conciso y de su estilo sobrio y sencillo, mediante la revisión de algunos temas clave (exploraciones sobre el crecimiento vegetal, zoología de invertebrados y parasitología, estudios sobre la población animal, etc.) y del rescate del ostracismo de algunas figuras olvidadas o no tan conocidas, pero igualmente notables, que tienen un papel destacado en la gestación de un literatura, digamos, proto-ecológica (desde la antigüedad griega hasta la modernidad). Ciertamente, el seguimiento minucioso de estas temáticas relevantes, lo que da lugar a una especie de ecología de la ecología, es sin duda uno de los activos más significativos de este libro para aquellos lectores que ya están familiarizados con las ciencias ambientales.

Yendo pues a los contenidos y en lo que se refiere al primer capítulo, dedicado a la antigüedad de griegos y romanos (Greeks and Romans: Antiquity; pp. 1-15), el autor pone de relevancia la necesidad de prestar atención a las especulaciones abstractas de los filósofos pre-socráticos y a las corrientes de pensamiento posteriores (puesto que no hay que olvidar que el mismísimo Platón introduce el concepto de “equilibrio natural” -en concreto en su famoso diálogo Timeo / Τίμαιος-), el conjunto de especulaciones y observaciones empíricas de los médicos del momento e, incluso, los mitos de la creación elaborados por figuras que jalonan la cultura helénica antigua como Herodoto (Historiae / Ἱστορίαι) y Tucídides (Historia de la Guerra del Peloponeso / Ἱστορία τοῦ Πελοποννησιακοῦ Πολέμου), ya que todo ello impulsará los trabajos monumentales de Aristóteles (quien introduce, digámoslo de paso, la idea de necesidad anatómica-fisiológica: Historia animalium / Περὶ Τὰ Ζῷα Ἱστορίαι) y Teofrasto (De historia plantarum / Περὶ φυτῶν ἱστορία). El análisis que dedica Egerton a la contribución romana presenta una menor extensión y pasa fundamentalmente por el reconocimiento de su carácter más práctico, su inspiración en la literatura griega existente y la elaboración de obras mucho más condensadas (de entre las que cabe destacar las escritas por Marco Porcio Catón –De Agri Cultura-, a Marco Terencio Varron –Rerum rusticarum– o a Plinio el Viejo y su Naturalis historia).

Resulta de interés destacar aquí que esta obra ignora en gran medida los desarrollos no occidentales durante la historia temprana de la ecología, incidiendo en un enfoque de marcado carácter etnocentrista o fuertemente occidental, en la medida en que sigue a pies juntillas la tesis que vertebra el imaginario académico occidental (y que en la actualidad, ha sido sólidamente puesta en entredicho) sobre el supuesto tránsito del mito al logos o pensamiento racional ocurrido en exclusiva en el contexto griego. No obstante, Egerton, al relatar los avances acontecidos durante el periodo medieval, no vacila en reconocer la influencia de la historia natural bizantina y el celo puesto para preservar el legado antiguo y transmitirlo a los estudiosos árabes (al-Jāḥiẓ,  الجاحظ; Ali ibn Mohammed ibn Abbas, علي بن محمد بن عباس o ʿMuwaffaq al-Dīn Abd al-Laṭīf al-Baghdādī, موفق الدين محمد عبد اللطيف بن يوسف البغدادي). En ese sentido, resulta muy interesante la revisión, un poco más extensa, realizada por el autor en torno a algunos hitos y progresos protagonizados por la ciencia árabe. Igualmente, destaca el hecho de que este periodo se caracteriza no tanto por centrarse en el estudio de la botánica en general cuanto en la botánica farmacológica. Y además de lo anterior, Egerton demuestra el modo en que campos del saber aparentemente alejados, como pueden ser los tratados de caza y pesca medievales, constituyen referencias de primer nivel para identificar aspectos ligados a los intereses de la ecología moderna. En concreto, repara en el tratado de cetrería de Federico II de Hohenstaifen (De arte venandi cum avidus), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. En sus páginas Egerton vislumbra un precedente extraordinario de la que cabe calificar como una “ecología de las aves”: “se trata del primer tratado zoológico escrito con el espíritu crítico de la ciencia moderna” (p. 25).

En lo que respecta al periodo renacentista, el autor explica el impacto producido por la imprenta en la difusión de los libros de la ciencia (y aquí destaca a Otto Brunfels, Jerome Bock, leonhart Fuchs o Conrad Gessner, el primero que hace recorridos a los entornos naturales y sube a las montañas para estudiar la historia natural). A pesar de dichos progresos, no es posible obviar que la honda revolución epistemológica que afecta a la astronomía (con Nicolás Copérnico: De revolutionibus orbium coelestium, 1543) y a la medicina (con Andreas Vesalius: De humani corporis fabrica libri septem, 1543) no tiene lugar, en la misma medida, en el campo de la zoología y a la botánica aunque si se produce un incremento y acumulación progresiva de conocimientos en diversos campos. Por un lado, el arte renacentista (a través de Leonardo Da Vinci y Alberto Durero) otorga un nuevo realismo a la ilustración botánica. Por otro lado, en este periodo no sólo se desarrolla la botánica descriptiva. Andrea Cesalpino supone una figura destacada en este caso, dado que profundiza en la fisiología, en la morfología y en los sistemas de clasificación de la naturaleza. Además de lo anterior, se introducen los primeros herbarios y los primeros jardines botánicos académicos (especialmente, en las ciudades de Pisa y Florencia). Frank Egerton consigue estructurar, asimismo, el corpus sapiencial de la época en torno a diversos campos de conocimiento que tienen que ver, por ejemplo, con la parasitología, la zoología de invertebrados y los vertebrados (en donde destacan Conrad Gesner, Pierre Belon, Guillaume Rondelet, Ippolito Salviani, Ulisse Aldrovandi…). Esta organización concreta del saber pre-ecológico a todas luces le será de gran utilidad para exponer con ciertos visos de coherencia los desarrollos de periodos posteriores.

Para el caso del periodo relacionado con la llamada “Revolución Científica” (pp. 45-69), el autor hace alusión e, incluso en algunos casos, se detiene a elaborar un bosquejo biográfico de grandes figuras que tienen un papel destacado en el desarrollo o en la contrastación de teorías, en la elaboración de catálogos de identificación de especies o incluso en la identificación de nuevos organismos (como por ejemplo, Federico Cesi, Robert Hooke, John Ray o Anton van Leeuwenhoek). Pone además sobre la mesa la influencia ejercida por la Academia dei Lincei(fundada en 1603), no sólo en lo que tiene que ver con el desarrollo de teorías específicas, sino en la aplicación de nuevos instrumentos como el microscopio (de los que surgen los trabajos de Federico Cesi) o incluso en la publicación de catálogos de identificación de especies vegetales (como el de Francisco Hernández, protagonista de la primera misión “científica” de una potencia europea a América). A través del microscopio, figuras como Robert Hooke, Nehemiah Grew o Marcello Malpihi contribuyen de modo decisivo al desarrollo moderno de la ciencia de la anatomía vegetal, se descubren las células vegetales (cellula -celdillas-) y los microorganismos (bacterias, protozoos…). Este avance servirá de base para poner en cuestionamiento la tesis perenne de la generación espontánea (postura tomada por Leeuwenhoek). Hay otros aspectos que son presentados por Frank Egerton y que se convierten en hitos en el avance científico (a la vez que tendrán un peso fundamental para la ecología moderna), como por ejemplo los múltiples experimentos a lo largo del tiempo sobre las causas del crecimiento de las plantas (desde Francis Bacon, pasando por Johannes Baptista van Helmont, Robert Sharrock, Robert Boyle y terminando con John Woodward), los primeros pasos de la demografía animal y humana (John Graunt, William Petty), los avances en zoología de los invertebrados y parasitología (Girolamo Frascatoro, Aleixo de Abreu, Francesco Redi…) o los catálogos de identificación de plantas, aves o insectos (John Ray). Todas estas áreas de interés tendrán renovados desarrollos a partir de 1700 (con autores como Joseph Gottlieb Koelreuter, Joseph Pitton de Tournefort o William Derham). Al hilo de este periodo subsiguiente (que se reconoce como una fase de emergencia de la historia natural, pp. 71-101), el autor repasa los contenidos de las obras más significativas del siglo XVII y XVIII tras unas pinceladas de las vidas y aventuras científicas de sus autores. No puede faltar aquí Richard Bradley y sus contribuciones substanciales a la botánica descriptiva, René-Antoine de Réaumur y sus destacados estudios y sorprendentes descubrimientos en el campo de la entomología. También reserva un espacio propio a las nacientes misiones de exploración científica que se emprenden por todo el mundo, desde los territorios del norte de América (Walter Raleigh, John Lawson, Mark Catesby, Pehr Kalm, Pierre-Francois-Xavier de Charlevoix) hasta Rusia y las extremidades del Pacífico Norte (Daniel Messerschmidt, Johann Georg Gmelin, Georg Wilhelm Steller o Peter Simon Pallas). En ese contexto epocal, Egerton trae a colación, por constituir figuras clave en el establecimiento de sistemas taxonómicos de ordenación de la naturaleza en liza, a Carl Nilsson Linnæus y su economía de la naturaleza (siendo el pionero en la conceptualización de una ciencia formal de la ecología) y a Georges Louis Leclerc (conde de Buffon), con su análisis sobre las influencias ambientales sobre los animales.

En el siguiente apartado (titulado Emergence of the Ecological Sciences, pp. 121-163), Egerton trata con generosidad y presta concienzuda atención a los descubrimientos que se realizaron en el contexto de las numerosas exploraciones emprendidas durante los siglos XVIII y XIX hacia prácticamente todos los confines del mundo. No pueden faltar, en consecuencia y como es de imaginar, las contribuciones de Alexander von Humboldt, André Michaux, Meriwheter Lewis & William Clark, Charles Darwin, Henry David Thoreau y otros naturalistas estadounidenses. Y aquí tendríamos que referirnos necesariamente a los hallazgos llevados a cabo por estos arriesgados científicos y audaces aventureros en el campo de la geografía animal y vegetal, en la elaboración de meticulosos tratados sobre fitogeografía y zoogeografía, su estatus geográfico y el estudio de las causas de tal distribución, en el origen de las especies y sus extinciones (Augustin- Pyramus de Candolle, Charles Lyell), en la creación de vastas colecciones de animales, plantas e insectos, en el inicio de la biología marina (Edward Forbes y Philip Gosse, Charles-Alexandre Lesueur, Jean-Victor Audouin, Henri Milne-Edwards), en el descubrimiento de nuevas especies vegetales desconocidas para la ciencia o en las primeras descripciones de la historia natural. Todo ello predispone a que se ponga en cuestionamiento con mayor resolución el concepto estático relativo a la economía de la naturaleza que dominaba en los círculos científicos del momento desde su sólida instauración por parte de Carl Nilsson Linnæus. A su definitivo derrumbe contribuirían figuras clásicas del naturalismo decimonónico como John Fleming, por supuesto Jean-Baptiste Lammarck, Charles Darwin (adoptando éstos dos últimos una perspectiva gradual) y Georges Cuvier (quien se convierte en un firme defensor de la existencia de cambios catastróficos en la naturaleza).

En el apartado final, el autor revisa con cierto detenimiento los progresos obtenidos en diversos campos (entomología, fitopatología, fisiología vegetal o entomología) y las expediciones científicas más destacadas. Pero no se queda en este único asunto. Su mirada también se dirige a las exploraciones pioneras en el Amazonas emprendidas por los ecologistas evolucionistas Alfred Russel Wallace y Henry Walter, así como por el viajero RichardSpruce, sin perder de vista tampoco los estudios de animales y plantas endémicas que se desprenden de las travesías en el hemisferio sur y en el subcontinente indio por parte de los naturalistas Joseph Dalton Hooker, Thomas Henry Huxley, and Alfred Russel Wallace. Dejando al margen todo ello, resulta de interés señalar que la última parte del libro está dedicada principalmente a desbrozar, a través del detenimiento sobre algunos capítulos clave, la dimensión ecológica que subyace en lo escrito en El origen de las especies (1859) de Charles Darwin.

A modern ecologist thinks “the theory of evolution by natural selection is an ecological theory -founded on the ecological observations by perhaps the greatest of all ecologists.” No wonder one of Darwin’s most fervent disciples, Ernst Heinrich Philipp August Haeckel (see the section “Haeckel’s Concept of Ecology”), named and defi ned a new science of ecology in Generelle Morphologie der Organismen (1866)- a work dedicated to Johann Wolfgang von Goethe, Lamarck, and Darwin. Haeckel sent a copy to Darwin, who had spent some time teaching himself German, but he found Haeckel’s text difficult to understand and might not have read Haeckel’s discussion of “oecologie.”

(Un ecólogo moderno piensa que «la teoría de la evolución por selección natural es una teoría ecológica, fundada en las observaciones ecológicas de quizás el más grande de todos los ecologistas». No es de extrañar que uno de los discípulos más fervientes de Darwin, Ernst Heinrich Philipp August Haeckel (véase la sección “Concepto de ecología de Haeckel”), nombró y definió una nueva ciencia de la ecología en Generelle Morphologie der Organismen (1866), una obra dedicada a Johann Wolfgang von Goethe, Lamarck y Darwin. Haeckel le envió una copia a Darwin, quien había pasado algún tiempo aprendiendo alemán, pero encontró que el texto de Haeckel era difícil de entender y podría no haber leído la discusión de Haeckel sobre «ecología».)

No es en modo alguno casual o extemporáneo, en consecuencia, que Egerton, en sus páginas finales, parta de las tesis del evolucionismo darwinista para desembocar (y finalizar su obra, todo hay que reconocerlo, de un modo un tanto abrupto) en la obra de Ernst Haeckel, ya que éste último es considerado como el iniciador de la ciencia ecológica moderna. No nos vamos a extender más en ello. Sobre este asunto nos limitamos a remitir al lector a la traducción realizada sobre el capítulo esencial de Generelle Morphologie der Organismen de Haeckel: Die Descendenz-Theorie und die SelectionsTheorie (La teoría de la evolución y la teoría de la selección) Apartado XIX  (véase al respecto: http://www.nipea.info/historia-naturalis/ernst-haeckel-ecologia-y-corologia/) y a la traducción del ensayo del propio Egerton sobre dicha figura, Historia de las Ciencias Ecológicas. Parte 47: Ecología de Ernst Haeckel (Véase al respecto:http://www.nipea.info/philosophia-naturalis/frank-n-egerton-historia-de-las-ciencias-ecologicas-parte-47-ecologia-de-ernst-haeckel/).

Resumiendo y a modo de conclusión, Roots of Ecology resulta, a nuestros ojos, un sobresaliente experimento de conjunción entre dos aproximaciones complementarias que se inclinan, la primera, por ahondar en la narrativa histórica de la ciencia, mientras que la segunda desescombra acontecimientos que bien cabe ubicar en el radio de influencia de una historia de las ideas. Es cierto, no vamos a negarlo, que parte de lo dicho en sus páginas es familiar para los historiadores profesionales de la ciencia. Pero el gran mérito de esta obra es que afronta el reto de generar convincentemente una síntesis pedagógica de una miscelánea variopinta de disciplinas (historia natural, limnología, zoología, botánica, biología marina, historia ambiental, etc.) para todos aquellos intrépidos lectores que deseen rastrear los orígenes y las fuentes precursoras de gran parte de las problemáticas y cuestiones de fondo que se encuentran presentes y se ponen juego en el imaginario ecológico contemporáneo.